Me impacta pensar en que el evangelio se convierte en algo personal, que todo eso que hemos escuchado toda la vida se presenta ahora como eso que sólo puede ser tangible a partir de nuestra propia vida.
Cuando pensamos que adoramos a Dios en cada acción y en cada pensamiento y en cada decisión comenzamos a hacer del evangelio algo tangible, algo visible, algo evidente.
Es como cando aquella vez, hace mucho tiempo, el Maestro les decía a sus discípulos Ahora vayan y hagan evidente estas buenas noticias. Siempre he imaginado esa escena a un Jesús que sabía de lo que hablaba, de que el objetivo de todo es mirar a nuestro rededor y ver a aquellos que se parecen a Él, a ser los que le siguen en el camino y que lo hacen notar. Jesús sonreia cuando se los pidió.
Ahora estamos viviendo en una nueva época, donde a pesar de tantas cosas, Jesús está entre nosotros. Él murió, resucitó y se fue presencialmente, y nos dejó al que nos impulsa y lleva a ser como Él. Nos hemos convertido en su resurrección, nos hemos visto al espejo y lo que vimos fue su imagen.
Permitamos que así sea no sólo hoy. Permitamos que su resurrección sea nuestra vida. Permitamos que nuestra cara le refleje a Él con nuestra sonrisa, nuestras lágrimas y nuestra voz…
¡Somos la resurrección de aquel que nos amó!


